Pandemia
Es curioso cómo esa marca coincidió con el momento exacto en el que la casa dejó de existir.
Todo alrededor permaneció exactamente igual que cuando lo dejamos: la cancha de fútbol, el mármol en la entrada de la casa de Goyo, el árbol en la vereda, casi cayéndose sobre el cordón, el limonero, como frontera entre la casa y el patio y el inconfundible canto del “bicho feo” a la hora de la siesta.
Incluso yo, sigo mirando el naranjo del jardín con la esperanza y la convicción de que hoy sí, finalmente, tal vez la niña que fui se vuelva a sentir en casa.
II
¿Dónde moran esas vidas, una vez que los espacios se deshabitan?
III
Mi abuelo, en sus últimos años de vida, empezó a hablar con sus 7 hermanos y con, Rosa, su mamá. Se reía con Juan. Se lamentaba por la forma en la que Juana había muerto, con un rosario en el respaldo de la cama pero sin nadie que le sostenga la mano.
A su mamá se limitaba a llamarla, una y otra vez, como suplicando.
Me acuerdo que una tarde lo miré largamente y pensé en cuánto se parecía a ese niño de 1930 que, a sus casi 5 años, pudo ver los pájaros en el cielo por primera vez y descubrir que el canto que conmueve del mundo resuena, primero, adentro.
IV
A mi abuela, en cambio, no llegué a despedirla.
Los primeros meses, la soñaba enfurecida.
No se abandona a quien nos cuida.
El día después que se murió, mi mamá me llamó para decirme que era inútil que fuéramos a rosario: sólo podemos entrar 4 personas al velorio y estamos Luis, tu tío, su novia y yo.
¿y la novia quién es? ¿para qué va?
Todavía no se había levantado la cuarentena.
Ibamos más de un año de encierro.
Tuve dudas.
¿Pero nadie más va?
No.
Tu hermano tampoco.
Tus primas tampoco.
Corté compungida, pero no estaba dispuesta a arriesgar que nos detuvieran en la ruta.
Pensé en ese sueño que había tenido hacía unas semanas: en la cocina de mi bisabuela, mientras jugamos a la casita robada mi nona me toma la mano y, al compás de “corte y pise vea la trampa que le hice” desliza: en la muerte cada quien tiene que ocupar el lugar que le toca. Vos, el de nieta. Tu mamá, el de hija.
“Medidas de cuidado”, le llamaron.
Algo de eso, también, en este entierro.
V
Mi mamá me llama desde el entierro
¿cómo me pudiste dejar sola? son las palabras
que se le caen desde el vientre.
Somos como 15 personas acá
pero ninguno de mis hijos está conmigo.
Siento una furia incontenible.
Intento recordarle la conversación del día anterior:
que si nos paran, que para qué ir,
que si la abuela, que no entramos,
que sólo 4.
Ninguno de mis hijos vino, insiste.
Cada palabra es una daga fría en el pecho.
Me dejaron sola, repite.
Pienso en cómo a veces lo que nos queda
ante la pérdida es hacer propia la herida
de quienes partieron.
Perdón, abuela.
VI
¿Quién recuerda el presente?
VII
Algunos vecinos me cuentan que el jardín quedó intacto,
Que la casa mejoró mucho tras la reforma
Que los pisos fueron, finalmente, pulidos
que las baldosas y los calcareos ya no existen.
Que nadie vio las cortinas cosidas a mano de los grandes ventanales, ni tampoco los ceniceros que hicimos en el jardín con mi hermano y que mi abuela conservaba como si fuera un relicario.
Sólo queda mi jardín, ese refugio imaginario,
lleno de hortensias y helechos
de orquídeas que hacen nido a la sombra de un árbol
de higueras siendo guarida de un tero rengo
y las luciérnagas iluminado el limonero
para que mi niña pueda encontrar, todos los días,
el camino de regreso a casa.


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