escenas
Tengo el corazón en la mano
¿quién soy luego de este descenso?
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Pessoa me visita.
Sí, no soy nada.
Me asiento en el vacío.
Soy todos los sueños a la vez,
aunque no los vea.
Avanzo a media luz, entre la espesa nebulosa.
No quiero apresurarme todavía.
Sé que no he salido de la sombra.
Las piedras, los árboles, no tienen el más mínimo apuro
ni el más remoto deseo, de ser algo más.
echo flores
como quien remonta
un barrilete
para verlo bailar
Innana aguarda desnuda
sostenida en el aliento de la vida.
Es un hilo, frágil.
Y muere.
Ereshkigal, en pleno duelo, en pleno parto gime, y grita su lamento. Hay dos criaturas, nacidas del dedo de Enki, que gimen y gritan con ella.
En el inframundo Ereshkigal se lamenta:
“¡Oh, oh, mis adentros!”
Y las criaturas se lamentan:
“¡Oh, oh, tus adentros!”
Una y otra vez, estas dos criaturas sostienen y acompañan el lamento de Ereshkigal. Pienso mucho en esa escena. Porque encuentro allí un gesto, de sostener el lamento ajeno/propio, de reiterar en la mirada atenta hacia eso que nos llama, hacia eso que precisa ser atendido, que (nos) gime, que (nos) grita, que, en definitiva, una vez que nos detenemos y miramos sin pre-juicios, puede torcer y transformar nuestro destino.
No hay posibilidad de cura sin testigos. Precisamos ese gesto de reconocimiento, de validación, de legitimidad. Y precisamos conmovernos para poder abrir el agua compasiva en su dimensión curandera.
Inanna, diosa de la vida, yace muerta en lo oscuro. Ereshkigal, reina del inframundo, traspasa el portal del parto, y da a luz. Qué integración más exquisita.
El agua que ablanda. Ereshkigal otorga el deseo de recuperar el cuerpo de Innana y estas dos criaturas vierten sobre su cuerpo el agua de vida de Enki.
Inanna resucita.
¿Quién renace?
La estrella del atardecer.

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