De-cantar resonancias compartidas al resguardo de la luna



¿Cómo ha sido la infancia de mi padre?

¿Cómo ha sido cuidado, recibido, mirado ese niño?

Estas preguntas me han visitado ayer, mientras me dejaba moldear por la arcilla. 

La piel me ha recordado la conexión que sentía con él, aún sin conocerlo y aunque nunca he justificado el abandono, ese gesto resguardado en la memoria somática, de saberme a salvo, amada, deseada, se ha presentado. No viene al caso narrar esta historia, sobre su huida, su abandono, mis fantasías infantiles, el viaje que supuso eso en la adolescencia, el reencuentro 30 años después. 

Pero cuánto importa llegar a esos encuentros -sean en presencia física de ambas partes o en viajes curativos-  habiendo mirado a la cara nuestra propia historia y habiendo asumido esa parte nuestra que es el padre, es decir, la autoridad, e; permiso, la apertura,  y ese otra que es la madre, la protección, el resguardo, lo nutricio, el adentro. 

Qué importante poder hacer preguntas que no nos sitúen en el centro, cuando estamos intentando comprender eso vincular que evoca a otres. Y, a la vez,  cuán fundamental es honrar el centro que somos para que nuestro deseo evolutivo del alma se presente. 

Agradezco a todos mis guías, ancestros y maestros por haberme animado a transitar  mis preguntas que, aunque abrían caminos de curación, incomodaban e implicaban una renuncia. Honro el valor de atestiguar, también, cómo cambian nuestras preguntas cuando sanamos y cuánto cambian las historias que precisamos para sobrevivir. Las historias también maduran con nosotres. 

Aprendí temprano que no hay intemperie posible cuando somos nuestra propia casa.  Y es una casa que no habitamos en soledad. Estamos rodeadas de vida, de afecto, de amor. 

En el mar sentí la potencia de saber reconocer un padre como un principio solar, que nos aventura. Recuerdo mirar el horizonte y saber que el futuro traía otros posibles. 

¿Tu, qué quieres?, me susurró el mar. ¿Ser feliz, sentir alegría? Pues, dátela. Resguárdala. Encuéntrala. Conviértete en ella. Sé para otres lo que hoy te falta. 

Y eso hice. 

De la rigidez a la ternura, dice mi collage, para que esa sangre vital, esa herencia y esa potencia de vida, se despliegue y encuentre el cruce, el cauce, el devenir desde el corazón. 

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Algo se aclara, la neblina se despeja y el silencio permite escuchar el corazón hablar de la verdad, como canta Lafourcade en El lugar correcto. 

En las células de la piel, he recordado la insuficiencia que mI padre cargaba con él.  Nunca pudo asumir su don. 

Cuando lo volví a ver, ya de adulta, tuve la sensación de "haberme salvado". Eso que él no podía mirar, se volvió engaño para el resto. Un tejido, una artimaña, para esconder el dolor. En ese encuentro, sentí cuánto de mi lealtad infantil a su dolor me había hecho asumir una responsabilidad exagerada como forma de compensar la irresponsabilidad en su devenir padre. 

Y sentí también, por primera vez, la diferencia entre huir de las cosas, huir del destino, y aprender a retirarse de los lugares que nos hacen sombra para que la propia vida se exprese.  Aprender a deshabitar esas casas que nos enferman y nos dañan. Si la madre, si el padre han sido venerados en nuestra cultura moderna como espacios seguros,  ¿cómo desprogramarlo para estar a salvo y, en el camino, para que nuestras lealtades no terminen por hundir nuestra propia potencia de vida?  Saber retirarme no significó deshonrar esas vidas. Pero sí ha sido clave para persistir en lo que para mí ha sido honrar mi linaje asumiendo mi tiempo, mi lugar en la familia de las cosas, batallando día a día con esos mandatos de insuficiencia, honrando que mi propia vida, cuando se dispone hacia los demás, cuando presto escucha, cuando colaboro en la alquimia de emociones, posibilidades e historias, cuando me animo a crear y dar cauce a mis visiones, es suficiente. No preciso ser nada más, ni hacer otra cosa. 

no puedo ser más que éste

pero hacer de mí el infinito donde se cruza

(...)

soy el lugar

donde un momento

al golondrina descansa

(...)

soy un sueño del fuego

(La bestia ser. Fragmentos del monólogo del árbol) 


Retirarse no es cerrarle la puerta a las cosas, a las personas, a las emociones. La retirada no es ausencia sino, por el contrario, presencia y perspectiva. 
Hoy también estoy en una retirada. ¿Hacia dónde moverme?

Algo me trae el brillo de una hoja sobre un árbol. Los japoneses llaman a la luz filtrándose a través de una hoja Komorebi. Pienso en cuán bella resulta esta hoja que se resiste a perecer. Allí sigue, como expresión de un brote, como deseo sostenido aún en la crudeza del frío invierno. Mientras mi perro olfatea y reconoce este jardín, el sol se filtra y  siento su calidez. 
Cada día, el sol sale. Cada día, nos despertamos y, aunque haya días que lo olvido, sé que nuestras vidas -sean bellas, efímeras, tristes- son un regalo. Cada día agradezco más sentir la humanidad alrededor de este corazón. 

Vengo del aire,
estoy hecha de agua 
me pulsa el fuego. 
Mi tierra es un corazón 
que expande su raíz
en el mundo. 
Siempre he amado la vida.
Un árbol en la tierra
es una ofrenda armoniosa
para nuestra sombra. 
¿Dónde encontramos el amor? 

Creo que hay que dejarse conmover por el amor que nos rodea. Encontramos aquello que dejamos que nos atraviese.

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