Prosear
Tenemos que crear nuevos modos de lo humano.
Me gustó siempre pensar en términos de coherencia y, sin embargo, hay algo de la exigencia de la coherencia en manos de la meritocracia, que me obliga a reconsiderarlo.
Como si corriéramos detrás de la exigencia del mercado, de los sistemas impuestos, de la prolijidad que guardan las formas cuyo contenido es vacío.
Me reconozco una mujer de una generación a la que el mundo incomoda. Es la violencia ejercida sobre los cuerpos, sobre las identidades, sobre las formas de habitar el espacio-tiempo que somos, la violencia sobre los animales, sobre la tierra, sobre lo anónimo, lo extranjero y también, la posibilidad de transmutarlo.
Estamos repletos de fronteras que van restringiendo la posibilidad de la aldea, de la comunidad.
Y yo no puedo evitar sentir que camino de un lado hacia el otro evocando mi pertenencia a partir de otros códigos: los de la generosidad, el afecto, el cuidado, la imaginación. Me renuevo a partir de cada contacto, es decir, estoy construida con, desde, a partir de impresiones ajenas a mí, que también me nombran, que también soy.
Irradio también la singularidad que estoy obligada a asumir.
Soy la tierra y me acurruco con goce
entre raíces.
Entro profundo en el surco
reinventándome en cuerpos
que van moviendo la tierra
que soy.
Respiro los aromas de un tiempo
que se deshoja entrecerrando los ojos
para abrirme paso
desde el agua que late
y se transforma en voz.
Soy la tierra seductora que abriga
y nutre el núcleo profundo
que nos reúne:
ütero que sangra
y pare lo humano
que habita desde ahora, aquí.

Comentarios
Publicar un comentario