Escribir como conversar


 “Deseaba hablar de las sombras

con el amor que se reserva para el sol”


Hace unos meses le propuse a una amiga armar una serie de talleres para que nuestra vida, tan increíblemente nutricia en cada conversación y en cada encuentro, pudiera ser medicina para otres. 

Sabíamos que había algo alrededor de esa idea  y de ese profundo deseo, de que la vida y el mundo pudieran ser re-enca(o)ntados, re-erotizados... Una apuesta por descolonizar esas narrativas que, una y otra vez nos dice: resígnate a que el mundo continúe siendo lo que es. 

La vida cambia en un instante. Así comienza "El año del pensamiento mágico", de Joan Didion. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías, se acaba". 

La pérdida. No se siente enseguida. Hay que entrar en ella, disponerse al contacto. Es una experiencia de descenso y de respeto. Lo que muere, pero también la forma en la que eso transforma radicalmente nuestra vida, precisa nuestra atención. A veces el exilio de sí es una forma de muerte. Y hay un modo de tejer individual pero sobre todo colectivamente, ese regreso. 

Cada día me sorprende más el modo en el que esa experiencia tan constitutiva de lo humano, y no por ello menos singular en la experiencia vital de cada persona, ha quedado casi siempre relegada a la esfera de lo íntimo y privado.


Isabelle Stengers habla de prestar atención como un arte más que como una habilidad. Prestamos atención a aquello que nos importa pero también, a aquello que es necesario que importe colectivamente. Y hago hincapié en esta esfera de lo colectivo, en tiempos donde la existencia parece devenir cada día un poco menos humana, porque siento la urgencia y la necesidad de retejer y reiminaginar la vida común. 


Desde la pandemia, la certeza de que no tenemos espacios para duelar colectivamente nuestras pérdidas cobró relevancia, sobre todo porque me tocó acompañar distintas situaciones, preguntas, pérdidas y transformaciones (de espacios, de dinámicas, de seres queridas, de vínculos, etc) que, al momento de volver a pisar la vereda, quedaron olvidadas. La puja política y la perversión detrás del "regreso a la normalidad", como slogan y síntoma de una época, transformaron radicalmente mi forma de pensar/actuar la dimensión ético política de la/mi vida cotidiana.  


Creo que prestar atención a aquello que nos importa, es una apuesta por subvertir ese mandato de resignación (que nos dice que el mundo no puede ser transformado)

 asumiendo la fuerza y potencia que tiene volver a tejer una urdimbre a partir de tramas y conexiones imprevistas. Desobedecer ese imperativo de que hay ciertas esferas y dimensiones de la vida que viajan por vías separadas. Darle lugar a lo que sentimos, a lo que intuimos, a lo que nos duele y navegar juntes cómo se recomponen tejidos rotos y cómo emergen paisajes y refugios colectivos que no creíamos posible. 


Me gusta lo que propone Vir Cano, alrededor del duelo porque para mí va más allá de la experiencia individual de la pérdida. Es de ese ciclo vida-muerte-vida de lo que habla: tenemos que aprender a pensar y compartir nuestros dolores, nuestras pérdidas porque eso es una forma de abordar la relación con les otres, con la propia fragilidad existencial que compartimos como especie y con esos umbrales, siempre porosos, que nos conectan con nuestros muertos y con la muerte como parte constitutiva de nuestra vida. 


Volver al cotidiano,

a la siembra de un tiempo tejido en círculo y en espiral. 

Conectar nuestro corazón, nuestras manos, nuestros pies

con nuestras cabezas.

Encender un fuego que de sustento y aliento a nuestra comunidad.

¿Qué de todo lo que cabe en nuestra mente, en nuestro corazón y en nuestras manos son portales para hacer de este mundo algo común?



Las cosas 

(Roberta Iannamico)

Siempre con las cosas

la ropa

los platos

los huevos duros

el agua de la canilla

los juguetes tirados

lo caliente

lo frío

lo suave 

lo pesado

las cosas que entran

en una mano

eso es lo que tengo

para armar un mundo.

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