Alquimia hablante
El viernes nos dimos el permiso de tener una clase donde honramos la conversación.
Fue una clase que nos tuvo naufragando por la necesidad de crear comunidad. Si la anterior la poesía de Lu Azahar nos había convocado para pensar qué suponía "Habitar la soledad sin el desamor…", la del viernes estuvo mediada por lo que supone desobedecer el mandato de que todo dolor debe ser atravesado en soledad. Nadie niega la forma singular de transitar y que la vida nos duela y nos maraville de una forma específica. Pero lo que nos duele y maravilla también sirve al tejido colectivo. Por eso conversamos sobre la posibilidad de transitar y habitar los propios lamentos, los propios duelos, en comunidad. ¿Cuánta medicina somática nos ofrenda aprender a estar disponibles para nos/otres?
Paradójicamente, la imposibilidad de conexión (a internet) nos devolvió al cuerpo. ¿Qué sabe un cuerpo? ¿Qué experiencia convoca su registro, su respeto, su escucha? ¿Qué sensaciones imponen una pregunta a la vorágine cotidiana? Hay quienes comprenden lo que sienten porque lo pueden nombrar. Hay otres que sienten, aunque no haya palabras. De uno u otra forma, me gusta pensar que siempre, pero siempre, es un cuerpo el que vive/escribe. La escritura nunca está desafectada ni desanclada del cuerpo. Y requiere valentía contactar con ese sentir.
Por eso a veces, cuando la experiencia nos exige y nos demanda poner el cuerpo, no hay palabras.
Por eso clase tras clase, les invito a pensar que los textos que escribimos no tienen por qué ser "ordenados". A veces, mientras los tejemos, vamos moviendo alguna arista para que eso que nos pasa, pueda estar disponible, en ppio., para nosotres. Esos cabos sueltos más que una falla técnica, nos sumerge en un texto-experiencia en proceso vivo.

Gracias!
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