Luna menguante
Llueve la luna hasta vaciarse para nacer.
Del otro lado del velo algo despierta.
¿Cuántos árboles hay en este mundo que se van secando con cada tala?
Árboles que son removidos de su propia tierra y que quedan desarraigados de su ecosistema y de su potencia.
A veces yo también me siento un árbol que resigna su expresión genuina en su afán de pertenencia.
Talar es una forma de domesticar nuestra obediencia.
¿Sobre cuántas especies muertas se asientan los cimientos de nuestras casas?
¿Sobre cuántos sueños desechados?
¿Sobre cuántas generaciones multiespecies?
¿Cómo nos curamos, si no habitamos nuestros duelos?
¿A quién sirve y a qué sistema es funcional mi vergüenza?
¿A quiénes autorizamos a detener aquello que se ramifica y arma la trama de nuestro propio camino?
Es la primera vez que siento que estoy lista para encarnar mi destino.
Siento la enorme responsabilidad de lo que precisa existir a través mío.
Abrazo el misterio de lo que ignoro
para rescatar los silencios de nuestra historia
y reconstruir con ellos los refugios que como humanos,
hemos devastado.
Las ramas del árbol son formas de expresión que abrigan y dan cobijo
a eso que construimos con nuestras vidas,
para que haya vida más adelante.
Las ramas son manos en las que asiento el latido de mi expresión.
Aquí emerge ella, curadora de otro tiempo,
medicina ancestral de mis bisabuelas que me recuerdan
que en un tiempo robotizado,
el contacto y a ternura que comparto cada día,
son una poderosa medicina.
Sostengo un rezo con mi cuerpo,
me cobijo en abrazos sostenidos.
Mi niña está a salvo.
Aquí la raíz cultivada con cada luna,
como una llama que germina desde la sombra
y se cultiva en la mera oscuridad
para nacer corazón-ofrenda.

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