Eli



Cuando era chica pensaba que trabajar la tierra

era un trabajo duro.

Todos los días, a la caída del sol

veía a mi mamá  en un rincón del campo, llorando.

Migré a Argentina desde Lima 

y aunque mi casa no tenía ventanas

y no le entraba la luz, nunca dejé de tener plantas.

Hace unos años, logré construir 

una vivera, un pequeño gesto para sembrar salud

y que las frutas, las aromáticas y las hortalizas

pudieran recuperar el aroma y el sabor de la infancia.

Volver a poner las manos en la tierra

me devolvió saberes olvidados

y me hizo comprender que

la tierra no era motivo de tristeza

de mi madre, sino que en ella 

encontraba una amiga

para compartir todo ese 

mundo que le dolía. 

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