Mujer ofrenda




El agua inicia su recorrido y me presento:

Julia de Burgos nos advierte del peligro

de perdernos de nosotras mismas.

No quiero que la vida se me pase 

en paisajes que me alejen de mí.

Siento esa extranjería y el esfuerzo

de volver a la fuente.

Yo soy la ofrenda.

Una intuición me acompaña desde hace unos días, 

es una pregunta tejida desde el malestar

y marca el comienzo de este viaje:

¿Cómo abrir el sentido de lo que hacemos, 

para que nuestros dones puedan salir del corset en el que los pusimos?

No importa si fue por adecuación, por necesidad, por miedo, 

por supervivencia. Algo nos reclama hoy, aquí. 

¿Cómo honrar la vida y ese legado siendo, en  verdad, quienes somos?


Un camino de regreso a mi propio encuerpar la vida, 

un gesto de resguardo y de siembra de mi deseo profundo.


Sigo ciclando, al abrigo de tu voz, la siembra

de honrar el fuego en mi corazón. 

Es mi forma de honrar la vida, trabajando

en el trauma y el miedo de asumir mi propia singularidad.


¿Cuántas antes que yo han tenido que callar?


En pocos días cumpliré 40 años. 

Me siento en mi propio hogar. Me asiento en mi propio deseo. 


No he nacido con privilegios, pero he sabido recuperar 

los tesoros de mis ancestros: 

honro la vida simple y cotidiana, 

porque lo extraordinario se teje allí,

en la insignificancia de la reiteración. 

Es una disposición a mirar la vida y sus procesos 

sin darlos por sentado, 

me convoco a escuchar cuando lo que perturba, 

arremete con fuerza y me saca del propio lugar. 


¿Cómo te sientes en tu servicio? parece preguntarme Remedios Varo. 

¿Cómo me siento en este cuerpo, en esta que es, hoy, mi vida?

¿La encuerpo?


Me detengo. 


Siento el gesto de reparación 

y de honra a mi linaje pero también la herida.


A las heridas de abandono, de violencia, de desarraigo,

las dejo entrar.

Traen consigo una matriz de curación que me antecede.

Mis ancestras han sido sostén y han sostenido 

el sí a la vida (muchas veces a costa de una estructura de negación). 

Mujeres visionarias, inadaptadas

pero atravesadas por una herida de disvalor.


Compensar lo que no hay con amor, también

puede ser una forma de complacencia que atenta

contra nosotras mismas.


La enmascarada desolación

el espanto vuelto percepción de sí.

La tortura que otres arremetieron 

se hace un rumiar constante en mí.

La insistencia cobra fuerza.

Luna negra, aquí estoy.

Ya no huyo.

Todo se tensa: la mandíbula,

Las manos cerradas sobre sí mismas,

Los hombros replegándose hacia dentro,

Y el dolor que va cada vez más profundo

como si fuera él quien quisiera resguardarnos del trauma.


Cuerpo adentro, no hay otro modo.
Algo se (des)teje en el descenso,
hay un duelo que acontece
porque la madeja que nos sostuvo a salvo,
poco a poco se deshilvana:
trauma encuerpado, violencia indigerida.
"Hasta aquí". 


Somos también los dones que nos anteceden.


Veo en la piedra la preponderancia de lo pequeño. y en la montaña el gentil  y compasivo recordatorio de lo pequeña y frágil que soy. 

Reconocer mi propia vulnerabilidad me hace 

agradecer, tanto más, las redes que me sostienen.

Me pregunto qué jardines internos han sido postergados en el arduo camino de adaptarme y sobrevivir? ¿Qué tierras se han marchitado en ese descuido?

No nombro el descuido para culpabilizarme, sino para situar el contexto en el que me he convertido en mujer.

Convertir la voz en ternura, dice María Sánchez, como forma de construir nuestro hogar.
Pienso en mi hogar como un tejido de manos, de vidas, de gestos y deseos que me anteceden.
En la profundidad de visión de mi bisabuela, Pierina Anino,  conecto con la fuerza del deseo.
Moviendo el cuerpo descubro lo que se gesta en mí: hay un cambio de autoridad. Un permiso silencioso, íntimo e interno para soltar la herida de la insuficiencia y el disvalor.

Mis ideas no son suficientes.

Mis visiones no son suficientes.

Mis conexiones mentales no son tradicionales.

Mi cuerpo no es suficientemente bello.

Mis palabras no son lo suficientemente académicas,

porque tienen paisajes y poesía.

Dicen "ternura" y afecto al hablar

de eso que en la ciencia ha sido

catalogado como "objeto de investigación", 

aunque se trate de personas. 

“Sos un parásito.” brota desde la infancia. 

Me repugno a mi misma como otros me repugnaron.

Me sostengo presente.

Estoy aquí. 

Oigo mis fantasmas y junto al círculo me pregunto:

¿A la sombra de qué tiranos me coloco con tal de no asumir el valor de mi singularidad?

Me duele la cabeza

¿La cabeza de quién cargo? 


Mi singularidad es íntima y alumbra desde allí.

¿Por qué no pensar lo público como la potencia de compartir lo que se gesta en la intimidad?

Nutrir, proteger y cuidar es parte de mi matiz. 

¿Cómo cultivar una comunicación pública desde esa raíz?

Asumir mi propia singularidad, mi voz al servicio del colectivo, puede ser, también, una posibilidad de decir sin fragmentarme. 


Quizás se trate de no persistir en adecuarme. 

Quizás tenga que dar un salto hacia mí. 


Yo soy la ofrenda.

¿Cómo honrar la vida y ese legado siendo, en  verdad, quienes somos?


Tina Modotti me obliga a encuerpar la potencia de esa pregunta. 

"Mi verdadero servicio es existir desde mi propio corazón."

La energía tiene un límite. Lo siento. 

Tomo su mano.. 


Tengo el nodo cercano al de Remedios,

inverso al de Tina.

Mi desafío es ir de lo íntimo a lo público. 

El cansancio teje un nudo en mi vientre, 

basta ya de la demanda desmedida y abusiva de mi patrón. 


¿Cómo digerir las experiencias que vengo transitando sin dejarme avasallar por las expectativas y los tiempos ajenos? 

¿Cómo hacerle lugar a mi digestión para que la palabra que quiere ser parida, sea genuinamente sentida y encarnada? 

Y cómo delimitar los ámbitos donde el laburo se queda por fuera del hogar y de la mente, para hacerle lugar a un deseo que está queriendo nacer en mí?


No dejar de poemar, dice Kage Sage, 

porque es mi forma de acercarme a las cosas, 

de ofrendarme a les otres, independiente del ámbito en el que esté. 

Yo soy mi ofrenda.

Vuelvo a empezar. 

Hay medicina en interrogar  mi pertenencia a este equipo de trabajo. 

Me hace recuperar un gesto que antecede mi ingreso allí:

pensar, sentir, escribir y experimentar el mundo han sido 

un motor desde mi infancia.

Pero siempre he sabido hacerlo con otres, desde el barro,

confiando en eso invisible que también me guía, 

siguiendo un pulso vital de lo que me conmueve y entrama con

el mundo.

¿Qué cambió ahora?


La noche es un manto contra la ceguera

¿Qué sabes del miedo?


Mi abuela, tan amada, mi bisabuela antes que ella,

abrieron el camino de la educación para mi mamá y para mí.

Esa es, en parte, su ofrenda. 

No te cases para ser esclava, decía mi bisabuela.

No te quedes donde te tratan mal, respondía mi abuela. 

La cruz se completa con Remedios Varo:


¿Cómo quiero vivir y sentirme en mi propio servicio, en mi propia vida, en mi propia ofrenda, en mi cuerpo? 

Cómo habitar mi propia sabiduría y confiar en su poder para moverme.

Tu diferencia es tu aporte. 


¿Cómo te honras?


La casa tiembla. 


Por primera vez un latido llega de lejos interrogándome en un sueño. 

¿Hasta dónde quieres que  llegue tu linaje? 


Mujer ofrenda siembra un interrogante en esas dos direcciones: la de la vida íntima y  mi deseo de maternidad. La de la vida pública, y el modo en el que quiero habitar la palabra y las experiencias compartidas con otres.


La doble maternidad: que es íntima y social.


Estoy animándome a nombrar este profundo deseo.


Sí, a gestar un hijo desde el amor y el deseo compartido.


La piel comienza a cambiar. Me mudo hacia otra forma de mí.

Mudar es un poco como perderse. ¿Y qué hay del hastío?

Para habitar nuevos espacios hay que animarse a romper(se). No hago apología de la fisura ni creo que todo dolor sirva como antesala de algo bueno. No comulgo demasiado con esa idea cristiana de que la vida nos tiene que costar los dos ovarios.

Mudarse es apostar por lo transitorio.

A veces siento que es un gesto que agradece que existamos.

Mudar es apostar por un mundo que no desiste de nosotres y del que no desistimos.

Sigo creyendo que es posible construir otra forma de humanidad.

La abrazo con mis manos.

La creo cada vez que un pibe se acerca

con desconfianza, y  lo abrazo para que se disipe el miedo

y sepa que está a salvo.

Cada vez que una jóven se sorprende por 

mi presencia afectuosa en el medio de la basura

porque nadie saluda a quienes están sucios, me dice.

porque nadie se acerca a saber cómo estoy.

Cada vez que abrazo el bosque entero

y me convierto el río, para salir a poner

el cuerpo y reclamar  

que nuestra tierra no quede a merced

del extractivismo más cruel.


Mi cuerpo precisa digerir la realidad

y ese es un tiempo que se gesta cuerpo adentro.

Hasta aquí mi adaptabilidad. 

¿Qué tiempo nos hemos dado

para duelar socialmente lo que 

la pandemia nos deja?

¿Qué tiempo me doy para duelar

mi idealización sobre les otres?


No quiero más acallar mi aporte al mundo.


Yo soy la ofrenda.

Yo soy la casa.


El collage se teje como libro.



I

El tiempo es la forma,

espesura truncada de todo aquello que no podemos detener.

El río, sin embargo, corre desnudo royendo a su paso

toda dureza.

II

A veces quisiera tener la sabiduría del agua:

moverme hacia la vida sin hacer tanta fuerza.

III

¿Y si en realidad no teníamos que convertirnos en nadie

sino simplemente permitirnos amar lo que amamos y 

ser lo que, en definitiva, somos?

IV

Armar un fuego, para que la casa sea cálida. 

Dejarse habitar por las plantas, tan radiantes de vida,

y también por los recovecos donde la luz no alcanza

a  cubrir las sombras.

Cultivar una tierra para que la huerta de mi madre

continúe a través de mis manos.

Soñar un hijo y que la vida recupere

la alegría minúscula del juego

reivindicando la  certeza de toda esta vida

que, día tras día, de forma insignificante,

sigue pasando y no vuelve.

¿No es acaso nuestra insignificancia la que nos da sentido?


IV

Los últimos días me preguntaron mucho qué deseo para este año. Y me quedé pensando en que deseo el presente mucho más que los planes a futuro. Quiero lo simple, lo cotidiano, habitarme en lo pleno y también en la rotura, poder permanecer donde el mundo “late”, aun con su enorme  pena a cuesta.

Quiero, al decir de Clarice, la materia de vida, placenta y sangre, el barro vivo, la arcilla compartida con la que se labra el sentido y el corazón de mi propia vida.


V


Custodias de nuestra integridad,

la rebelión íntima, vuelta raíz,

corta los hilos que nos convierten en 

marionetas. Devenimos jardín

y compostamos con memoria

nuestros brotes.

No quiero ser sierva ni esclava de este sistema, 

no creo en esta forma

tan miserable y perversa de hacer política.

Es radical y es visceral este NO.

No queremos ser más esta humanidad.

Ser compasivo no es tener lástima,

es contactar con un dolor

que no queremos repetir.

Curanderas del tiempo,

servimos al mundo cada

vez que custodiamos

nuestro propio proceso.

Aquí me quedo.

Esta es mi casa.

Esa es mi ofrenda.

Yo, para que seamos todes.

La rueda vuelve a girar:

Yo también puedo hacer un rompeolas con mi alegría pequeña,

honrando lo que me conecta con el universo.

La pertenecia se teje allí,

alquimia de los misterios, de la naturaleza y de la mujer,

en una danza que se extiende hacia el pasado y el futuro.

Vamos hacia los pájaros y hacia el mar en busca

del descanso.

Vamos hacia el agua, como quien vuelve a empezar.

Sí, quiero la vida.


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