Deseos



Armar un fuego, para que la casa sea cálida. 

Dejarse habitar por las plantas, tan radiantes de vida,

y también por los recovecos donde la luz no alcanza

a  cubrir las sombras.

Cultivar una tierra para que la huerta de mi madre

continúe a través de mis manos.

Soñar un hijo y que la vida recupere

la alegría minúscula del juego

reivindicando la  certeza de toda esta vida

que, día tras día, de forma insignificante,

sigue pasando y no vuelve.

¿No es acaso nuestra insignificancia la que nos da sentido?




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