¿Empezaron a escribir?
¿Cuándo se empieza a escribir?
¿Cuando las cosas adquieren sentido? ¿cuando, en cambio, agudizamos los sentidos y nos dejamos conmover / afectar? O será que, tal vez, necesitamos dejar que los sentidos se fuguen, más allá de nuestros deseos, para que las palabras se arrojen a la existencia y, al fin, las registremos?
Faltan 168 horas para que empiece el taller, aunque en realidad, como en la escritura, siempre tengo la sensación de que no podemos anticiparnos. Es como intentar imponer un ritmo desanclado del paisaje, des-encuerpado.
Igual, a veces, siento que llego demorada, aunque esos paisajes se me anticipen mucho antes. Como si escribir requiriera de un gesto de valentía. Una escribe y, a la vez, la escritura nos moldea en el decir.
Hay algo del escribir que percibo como un arrojo, una forma de abismarme a lo que -todavía- resta por decir.
Algo comienza como resistencia a un tiempo hiperproductivista, robotizado. Se piensa escribiendo y se escribe para pensar. Por eso me gustan las escrituras inútiles, esas que nos invitan a cartear, en los umbrales, lo que no sabemos cómo afrontar en soledad. ¿No se está siempre acompañada de la lengua y, en consecuencia, de todo lo que nos precede?
Si alguien se siente solo/a, suelo aconsejarle rastrear en las palabras las presencias.
Una vez escribí un poema que decía, las palabras son una forma de hogar, allí no hay intemperie.
Pienso en Silvia Molloy, que no sabía en qué lugar asentar el inicio de la escritura y que por eso imaginaba un naufragio por otras lenguas, como un modo de darle paso a lo provisorio. ¿Se puede escribir en definitivo?
Prefiero ser escribiente en una lengua que no me excluya.

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