Cuaderno de campo


"Dibujé un mapa para saber donde estoy", me dice Brenda, al tiempo que abre el cuaderno gris que Dani le regaló para su cumpleaños 31. Un tiempo antes me había dicho que todavía no sabia qué uso darle. "Tiene que ser para algo importante". 
El cuaderno arranca con ella situándose en la cooperativa. Pero es más que eso. Sitúa su anhelo de ser reconocida en su experiencia y en su profesión. Y, por primera vez, abre que eso, tal vez, no suceda allí.
Brenda me pregunta entonces si alguna vez sentí que no podía asumir mi lugar. No me hace falta pensar mucho para responderle que sí. Pero no me extiendo, entonces, como queriendo profundizar en la conversación me dice si yo también no supe cómo asumir la palabra propia "aunque es mi culpa, porque no digo". Si alguna vez, me tuve que callar aunque supiera "mejor que otres" lo que hacía falta. 
¿Cuánto de su malestar pone en evidencia las formas descuidadas que tenemos de "movilizar" a otres hacia eso que creemos es su aprendizaje?  ¿Cuánto de ese "pinchar a otres para que asuman su lugar" reproduce, a pesar de las buenas intenciones, formas violentamente masculinas de sostener(nos) en la sombra?
Entiendo de qué habla. Su forma de coordinar el espacio y el trabajo de les jóvenes no responde a una matriz escarmentada. Y hay un imaginario de que escarmentar y poner límites, es lo mismo.  "Yo sé lo que es transpirar la camiseta en pleno rayo de sol adentro de una batea. A vos te parece que puedo sancionar a un pibe por tirarse agua en la cabeza o quejarse". 

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 Pausa para seguir pensando. 





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