Pausa


A veces demoro en hacer las cosas que me gustan, las hago de a fragmentos, veo el mapa y voy haciendo pequeños gestos, componiendo de a partes. Lo vivo como un derecho a poder permanecer en las cosas el tiempo que me lleve comprenderlas. Pero también como una matriz íntima de contacto con mi propio deseo. No quiero que la vida se me escurra en urgencias. Entonces, reinvento el tiempo. Hago más lento aquello que podría "sacarme de encima rápido". A veces pienso que es una apuesta por sostener el goce y el disfrute como algo cotidiano. 

"¿Y no se te escurre la vida, el pulso vital y creativo en esa espera?," me dice esa voz habituada a no tener margen.

Pienso mucho en que lo que no se dice a tiempo,  que no aprendemos a sacar en ciertas circunstancias, se pierde o pierde su potencia. Hay, paradójicamente, un tiempo para las cosas y, por momentos, no sé cómo conciliar.  Hoy, sin ir más lejos, amanecí saturada mentalmente. Teniendo como pájaro carpintero el tan -hinchapelotas- "deberías..."

Quise recuperar lo urgente pero priorizando la vida. Así que, luego de muchos intentos frustrados de convertir un capítulo de mi tesis en un artículo,  invoqué el poder de mi abuela Chiche, a la que extraño tanto, para transplantar una planta hermosa que, unos años antes de fallecer, me preparó. 

No sé, pensé en la metáfora de hacer lugar, transplantar, mover la tierra para crear las condiciones para que algo se desarrolle y crezca. 

Esta planta me pareció siempre hermosa. No reparé en ella hasta bastante grande. El jardín frondoso de mi abuela tenía demasiados rincones preciosos donde perderse. No fue hasta que no las tuve en lo que hoy es mi primera casa, donde descubrí las flores diminutas y blancas que contenía. De alguna forma, me hacen pensar  en el vínculo que unía a mi abuela con su mamá.  

Hay profundas raíces de ternura y generosidad que compartimos. Las mujeres de mi familia fueron siempre sostén y reparo.



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