A alguna de las que fui
Vas a llegar demorada a la oficina y, antes de poder compartir que fue porque alguien se tiró bajo el tren, te van a decir que es tu culpa por haber calculado mal el tiempo. Vas a guardar silencio aunque, en el fondo, vas a pensar que son todos una manga de trogloditas que se miran el ombligo y vas a renunciar a seguir siendo quien sistemáticamente (re)pone sus bolas sobre la mesa para que haya perspectiva.
Vas a confrontar internamente con el delicado límite de mandarte a mudar o respirar profundo para que no se te escape el llanto. Vas a barajar y dar de nuevo, aunque sepas que la partida está perdida de antemano.
Cerca del mediodía, vas a levantar la vista y mirar a los ojos como si te importaran las disculpas por el tono desmedido y el abuso de poder.
Vas a levantarte, como hacés regularmente, y preguntar si alguien quiere comer bajo el gomero, sabiendo que nadie, nunca, abandona su sitio por miedo a que alguien más ocupe su lugar.
Mientras bajás la escalera, vas a volverte cada vez más pequeña para colectivizar la rabia y tramar otros desvíos. Vas a recorrer la distancia y llegar sin aire pero con resto. Vas a aprender a hacerte un lugar en el borde de las cosas para, desde ese intersticio, aprender a irte de los lugares que te hacen sombra.

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