Ejercicios de escritura en un taller.

A veces estoy fuera del tiempo. Más adelante, más atrás. Me muevo en esa temporalidad dependiendo de lo que necesito. A veces es distinto de lo que deseo. Creo que con el correr de los años estas dos temporalidades están aproximándose a una integración. Y eso tiene su raíz en la energía como ancla pero también como algo que sé escuchar. Es el cuerpo, es la emoción y a todo eso le dedico tiempo, espacio, mente, espíritu. 

Ya no preciso anhelar el futuro y evocarlo como algo digno para mí. Invierto este tiempo, esta energía, presente, la ofrendo para que este mundo  sea digno y armonioso para otres.  Reconozco que vivo bastante parecido a lo que deseamos. Interrogamos la incomodidad. La lloramos también. Respiramos la falta de aire cuando hace falta. Aprendemos a reírnos de las cosas más simples y a agradecer que podemos abrazarnos y abrazar a otres. No exiliamos el dolor, aunque lo hayamos hecho. No tememos nuestros fantasmas, tampoco nuestros miedos. Ellos también han sabido abrirnos paso en las encrucijadas de caminos. 

Ayer hablábamos con Igna del abuso de energía que supone seguir viviendo en estos modelos productivos capitalistas, meritocráticos, individualistas, sin redes, a costa de la indignidad de tantos miles, de un hacer que no deja margen para existir. 

A veces también sirvo a otres, materno y contengo, abrazo, abrigo y estoy presente en sus procesos. Abro la escucha y recupero la disponibilidad que supone existir. Soy guia de procesos que no surgieron. Veo antes de tiempo y aprendí a confiar que yo también puedo ser orientación para mí misma y para otres. 

Pero no estoy a gusto. 

Siento que hay una matriz en las dinámicas de mi laburo, que no deseo. Y, no desearlas es prácticamente tener que renunciar a participar en ciertos proyectos. El desencuentro no es personal, es estructural.

Alrededor de qué historias nos tejemos.


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