Resonancias de campo I

Obra de Victor Delhez


Cuando se pisa el barro  y se empantana lo por-venir, se sabe que la única forma de salir a flote es no desesperarse. Hay algo instintivo en la manera en la que queremos volver a pisar suelo firme, como si esa dureza pudiera  hacernos creer que la incertidumbre ha pasado y que por delante se erige, firme, el horizonte. 

Este relato tan constitutivo como moderno, equipara el horizonte con una esperanza encarnada en una espera pasiva. ¿Pero qué hay de la desestructura que el barro nos hace desde nuestros propios cimientos? ¿Por qué no tambalear las certezas de un pensamiento siempre extractivo, heteronormado y mezquino y sembrar límites que contemplen eso que Haraway enunció con tanta claridad «o devenimos-con o no devenimos en absoluto». 

Me abismo entonces a aprender a sentir desde el barro mismo el modo de componer una forma más flexible y liviana de estar sobre nuestros pies. De apertura y rastreo  hacia otros modos, dejándome afectar y con-mover por la  suavidad que toda arcilla ofrece cuando se dispone en contacto con la propia piel. 

Hay que aprender a notar cómo se mueve lo suave en la espesura de nuestras rigideces más visibles, cómo va calando hondo en esas otras que permanecen dormidas hacia adentro. Hay algo en la disposición sensorial que nos orienta en la producción de otros entrelazamientos posibles, de afectaciones permeables a las huellas de lo excluido. 


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