Mixturas inconclusas
Tengo una sensación recurrente: estoy en un muelle anticipando que el mundo que habito está, irrefrenablemente, a punto de cambiar radicalmente. Tuve esta experiencia hace unos años en lo que deberían haber sido vacaciones gozosas. Mientras batallaba con el desánimo producto de las altas temperaturas no podía evitar preguntarme si era feliz. Tenía, en apariencia, todo lo que deseaba: unos días por fuera de la urgencia, en el río, con algunos libros y mi pareja. Recuerdo estar tirada en el muelle y, en una especie de ensueño consciente, ver aparecer, una tras una, las muertes que se avecinaban.
Me distancian de esa experiencia varios años y una pandemia.
A veces me hago mucho problema por las cosas. Me siento mal o con menos energía y las preguntas que emerge ponen en peligro lo que estoy construyendo. Como si llegar hasta la mierda me colocara en el propósito de estar mejor. en vez de rastrear los hilos de esta emoción, le doy toda la entidad del mundo, la cargo de sentidos, le atribuyo situaciones.
Se murió mi abuela.
¿tenemos que saber todo el tiempo qué nombra la emoción? Sentimos. Punto.
Paisajes sonoros de mis aguas.
Sonidos que gestan tribus.
Vibraciones que evocan un tiempo antiguo.
Sueño a mi abuela enojada. Una y otra vez. Lo primero que pienso es en mi propio enojo por las circunstancias alrededor de su muerte. En general, poner en palabras siempre ha servido como un puente para liberar.
Reiteración.
Soy vocera de lo que otres no dicen.
Qué carga de mierda.
Qué peso.
Qué hermoso.
Qué salto al abismo para habitar las vidas desde nuevas coordenadas.
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