Cartografías (des)orientadas
Nunca me gustó andar desorientada. Pero estos últimos años me han movido un poco de esos sentires...
Hay algo en el andar como perdida que permite rastrear, paradójicamente, nuevas formas de orientación. Y requiere, sobre todo, asumir que aquello que, antaño nos sirvió para hacer pie, se ha movido. Lo incómodo no es sentirme perdida sino reconocer que aquello que alguna vez me evocó seguridad y pertenencia, esto es, que aquella que creí ser, también ha cambiado.
Conversé mucho sobre esto con algunas amigas, a propósito de este entramado político afectivo en el que nos encontramos: pareciera que hay algo que nos impide sostener conversaciones serias sobre cómo se desplaza lo inadmisible e injustificable en nombre de la lealtad y nos preguntamos si eso no es un síntoma de resistencia frente a aquello que ya no es un horizonte político deseable. Asumir este gran desafío, nos obliga a confrontar con la pregunta acerca de lo que tenemos para ofrecer y qué vamos a hacer con eso cuando no hay todavía alternativas claras en el horizonte.
Estar en la bisagra de las cosas es incómodo: Hay cosas que no terminan de morirse y esa otra mixtura que arma lo que nos antecede con lo que debe renovarse no comenzó.
Las cosas muchas veces hacen pie en mí antes de que las pueda aprehender del todo. Por eso me gusta tener un libro a mano, para conversar con esos fragmentos de pistas orientativas que van tejiéndose en las historias.
Aprender a vivir en un mundo herido, como apuesta, tejido, imaginario compartido...
Una de las cosas que más me conmueven de Donna es la capacidad de convocar y compartir invitaciones para pensar-con y desde lo compartido como una apuesta y, también, como un modo de interrumpir la "urgencia por resolver" que, a juzgar por los modos y los mundos actuales, adopta la forma de un atropello a la posibilidad del pensamiento. Garcés también trae algo parecido desde la filosofía de la educación: pareciera que las únicas (dos) variables que usualmente se contemplan en este mundo binario partido en dos, son o bien la ruina de un mundo caduco y herido o, su reverso, esas vacías promesas de salvación bajo la forma de la innovación educativa.
De alguna manera, sostener(nos) en este mundo herido, con sus problemas, es una invitación a poner en el centro la fragilidad y precariedad compartida y nuestra dependencia mutua. No es poesía lo que digo. Es un modo más receptivo de vivir.
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