Un caos lúcido, un límite.




Hace exactamente un año, encontraba medicina en las palabras.

Suelo ser bastante reservada con mis sentires, con mis ideas, pese a que no tenga problema de compartirlas en la esfera del trabajo colectivo o en la intimidad de mis afectos. En general, porque nunca me sentí cómoda con el pensamiento en caracteres. Probablemente no tengo mucha habilidad para la síntesis y eso también influya.

Pero hoy tuve uno de esos días en los que tuve que respirar muy profundo varias veces para no gritar. ¿Gritaron alguna vez desde las entrañas? Me venía todo el tiempo la pregunta de cómo expresar la indignación para que no se atasque. O, incluso, de qué manera darle espacio a esta ira e interrogarla. ¿Cómo reconvertir la ira en fuerza vital˘ La imagen me devolvía un cartel luminoso que declaraba “ha logrado con éxito evangelizar su ira”. Y me lamenté de la robotización a la que estamos sometides desde hace tanto.
Me permití pensar que la ira en realidad, bien gestada, podía ser un buen antídoto contra el adormecimiento. ¿El enojo no marca, acaso, la necesidad de revisar de algún modo un límite que (nos) transgredieron? Holderlin decía “en el abismo está lo que salva”. ¿Será este nuestro abismo?¿Será que venimos corriendo el límite de lo aceptable y la ira sea lo que nos salve del abismo?
Estoy agotada de las violencias cotidianas que circulan -y se despliegan como un acto reflejo- en y desde la gestación e implementación de las políticas educativas actuales. Harta de las burbujas de rayos ultraviolentos que no permiten encontrar soluciones y vías alternativas pensadas desde la comunidad educativa. También del cabacentrismo que, a la par que llena y carga de (ciertos) sentidos las representaciones más generales y comunes que circulan sobre la educación, reducen e invisibilzan las otras tantas y diversas experiencias / problemas / situaciones / realidades que componen el vasto universo que es nuestro país.
Para quienes formamos parte de la política educativa actual, el show pedorro televisivo y televisado en defensa y preocupación por las infancias contrasta considerablemente con los modos descuidados, autoritarios y profundamente violentos de comprender cómo se gestan soluciones colectivas a problemas y situaciones que nos atañen a todes. Quienes lo intentamos, padecemos el extractivismo de que aquello que pensamos / hacemos / tejemos en las instituciones educativas, con les docentes, equipos de conducción y estudiantes, corra el riesgo de cargarse de sentidos opuestos. O sea basureado. O reconvetido en vagancia por el sentido común. “No quieren abrir las escuelas” “No se preocupan por las infancias”. ¿De verdad necesitamos construir y reproducir que les docentes se oponen a “revincular” infancias, como si se opusieran a la educativo como política pública? Y en tal caso, ¿qué quiere decir revicular? Me reservo el derecho a opinar de infinidad de personas con quienes compartí espacios de trabajo y llenan sus perfiles con reflexiones emancipatorias del acto de educar cuando en privado violentan a sus equipos precarizados de laburo… Quizás por eso y en la misma línea, estoy absolutamente agotada de que el miedo sea un elemento de la política de control hartamente (re)conocida -por suerte repudiada en algunos sectores- pero no podamos decir abiertamente "tengo miedo" como un gesto político que enuncia la inexorable interdependencia que somos en tanto humanes.
Defensores de las infancias, de lo público. Tenemos de todo menos vergüenza. Defender infancias es también comprometerse con el mundo en el que van a vivir. El problema es más amplio que el COVID. Atañe también a qué modelos económicos apoyamos. Qué políticas ambientales defendemos / repudiamos / nos pasan por el costado. También sobre qué modos de pensar lo común tenemos. Lo público también, ya que estamos. Y qué vidas creemos que merecen ser dignas de derechos plenos y cuáles, lastimosamente, declaramos que no. Una hipótesis que se me ocurre es la de interrogar el racismo que arrastramos y que creemos superar cada 12 de octubre que celebramos la diversidad de la sarasa.
Supongo que esto que siento es también un duelo profundo por los vínculos que ya no me evocan pertenencia. Me parece inadmisible sostener ficciones del yocentrismo, de la singularidad vuelta ley y la consecuente reinscripción de la responsabilidad individual y la “supervivencia del más apte” que se olvida que se sobrevive en un contexto determinado.
En los días en los que estoy así, vuelven con fuerza lecturas, sensaciones, vínculos, palabras, que tendieron a proponerme otros modos de sentipensar el mundo. Hoy evoqué este que comparto, de un libro que leí hace más de 10 años y que me acompaña desde entonces. Lo traigo porque creo que si algo nos convoca hoy es la reinvención del mundo a partir de coordenadas más sensibles y más humanas. Y sitúo la fragilidad como potencia y no como relato capacitista, compensatorio, caritas-benéfico que tanto nos gusta replicar. Dice así: “Deberíamos escuchar el rostro pronunciar algo más que un lenguaje para pensar la precariedad de la vida que está en juego. ¿Pero qué medios de comunicación nos dejarán pensar y sentir esa fragilidad, en los límites de la representación tal como se la cultiva y ejerce actualmente? Si las humanidades tienen algún futuro como crítica cultural y si la crítica cultural tiene hoy alguna tarea, es sin duda la de devolvernos a lo humano allí donde no esperamos hallarlo, en su fragilidad y en el límite de su capacidad de tener algún sentido. Tenemos que interrogar la emergencia y la desaparición de lo humano en el límite de lo que podemos pensar, lo que podemos escuchar, lo que podemos ver, lo que podemos sentir.” (Butler, 2006; 187)
Perdón la perorata. Voy aprendiendo que es importante nombrar en voz alta lo que nos espanta.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Donna Haraway: cuentos para la supervivencia terrenal.

Cuidar lo fugaz bajo el sol

Diario del duelo