Narrar otras historias

Henri Matisse - “La alegría de vivir” (1905-1906, óleo sobre lienzo, 176 x 240 cm, Barnes Foundation, Philadelphia)


¿Cómo desmontar las lenguas que han hegemonizado nuestros relatos y nuestras narraciones?

Decir, por ejemplo, "cuidarnos es cuidarte" sin invisibilizar que lo esencial nombra la desigualdad que nos sostiene en el encierro.
Decir cuidarnos sin que ese gesto se reconvierta en vigilancia que jerarquiza y resitúa la sospecha, los estigmas, los prejuicios.
Cuidarnos como un gesto que antepone una pregunta porque no sabe y porque reconoce que, derrumbadas las ficciones de la certidumbre, no sabemos qué hacer con el miedo. Tampoco con su potencia.
Decir, tal vez, recaudo para nombrar la responsabilidad singular de nuestra tarea y el lugar que eso tiene como parte del compromiso colectivo.
Recaudo como un modo de trampear la estrategia capitalista y patriarcal de abuso y privilegio. Recaudo como un gesto colectivo que nos pone a todes en el mismo sitio, es decir, como un impulso hacia la igualdad.
¿Qué palabras precisan reinventar sus sentidos para encontrar su lugar en el mundo que estamos siendo y haciendo?
¿Qué palabra/s nombra/n el gesto del pulso vital que nos late? ¿Qué palabras para qué mundo?
Hace un tiempo empezamos a escribirnos cartas con algunes amigues para que el tiempo de la pantalla pudiera escapar de la inmediatez y de lo que intuimos como clausura. Abrimos lo íntimo que no se televisa y que no se puede ver porque hay que decidir compartirlo.
Las últimas líneas que nos cruzamos entre homeopatías y venenos tuvieron la fuerza de los antiguos conjuros.
Nos deseamos que nuestras palabras nos conduzcan, como serpientes subterráneas, al rescate de esas medicinas que precisamos no sólo para que haya mundo sino para que valga la pena narrarlo.

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