Des-aprender
Desaprendemos la separación de los sentidos, que hace del cuerpo un sentir fragmentado y del proceso vital una urgencia productiva.
Desaprendemos la línea recta, el centímetro que mide, el milímetro imperceptible que establece parámetros de lo (único) posible para desparramarnos hacia las filtraciones y recrear las vidas desde allí.
Desaprendemos las palabras del estigma porque configuran cartografías vivientes donde el aire no circula.
Toda palabra (nos) configura y nos ofrenda -o restringe- nuestros modos de existir. Por eso le concedo el poder de los antiguos conjuros: Hacer (el) tiempo. Inventar nuevas temporalidades. ¿Qué espacialidades convoca? Y si no hay palabras, ¿qué lenguas son posibles? Desaprendemos lo previsible para que lo que imaginamos no se marchite. Sembramos silencio en la quietud, la paciencia profunda: estamos fuera del mundo del lenguaje, donde no llegan las palabras. El barro teje un entramado de trayectorias enredadas. Sostenides entonces, habitamos el vacío para alumbrar la respiración íntima y profunda del miedo, de la muerte, del amor.
Hay que desaprender la pulcritud meritocrática como imperativo de época para trazar huellas afectivas y miopías curiosas que reivindiquen el valor de la exploración.
Parir(nos) en nuestra lengua habitada. Darle voz al aliento y a la pertenencia.
La garganta es un útero creativo. (¿Qué pasa cuando no queremos parir ni queremos la huella de ese útero reproductor? ¿cómo producir cosas nuevas en la infertilidad del cuerpo, en la improductividad de los órganos?)
¿Qué palabras nos convocan a un camino de goce, de autenticidad, de genuina entrega?
Palabras que son gestos y nos permiten desaprender la lengua de la igualación como un modo de erradicar la ficción de la igualdad.
Palabras hexagonales que desafían la lógica binomial para que nuestras vidas puedan decirse desde lo abierto y no exiliar lo que desborda o confiscarlo en la clausura.
Palabras que desensordecen el mandato de mutilar nuestros oídos, porque hay que volver a oír el río cuando arremete con furia y también cuando reposa y se estanca.
Palabras desfosilizadas que recorren las infinitas trayectorias de vida en las piedras y en los árboles y que nos cuentan las historias de nuestra tierra que es un modo de saber quiénes somos.
Palabras que desencriptan la lengua de lo prohibido y se vuelven plurales invocando el saber de los antiguos conjuros.
Palabras generosas y desgenerizadas para que lo provisorio y cambiante encuentre modos de nombrar esto que potencialmente también somos.
Palabras perezosas, pausadas, impropias y desprovistas de toda propiedad, como un gesto vital para recuperar otras configuraciones posibles a las del mercado capital.
Palabras anormalizadas, anómalas, irregulares, deformes, malformadas y monstruosas que no conozcan el exterminio y reivindiquen la posibilidad de construir la experiencia compartida del mundo.
Palabras capaces de estar afectadas por los encuentros furtivos.
Palabras kairós, que nos permiten habitar los segundos de vida desde la presencia compartida.
Somos los rastros siempre plurales que dejan las palabras en nuestras bocas: nos rozan, nos respiran, nos empapan, nos alojan, nos repelen, nos conmueven, nos espantan. Sentimos en esos trazos la trama viva de nuestra experiencia compartida y desaprendemos el mundo para poder nombrarlo desde nuestra corporiografías de nuevo.
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