La parábola imaginal



Juarroz, ese poeta que quiero tanto, escribió que la palabra es un modo de que el mundo diga mundo, la posibilidad de que el mundo diga a les humanes. "La palabra: ese cuerpo hacia todo. La palabra: esos ojos abiertos.". Tenía pocos años cuando lo leí por primera vez y, al día de hoy, vivo esa poesía vertical como una invitación al juego.

La palabra es para mí un conjuro, una búsqueda, una forma de sostenerme en mí, de encontrar lo propio en esa vastedad que es el lenguaje y que otres me han legado pero también aprender a ir más allá de mí misma y hacer cuerpo de nuevas posibilidades.  

Pienso mucho en dejarme conducir por ese impulso; seguirles el rastro, dejar que se digan de otro modo o revelen su significado oculto. Ingold, un antropologo que me gusta mucho, decía que las cosas están vivas porque se filtran. Me gusta pensar a las palabras a partir de esa lente.  Roma es Amor, ramo y también nombre propio cuando encuerpa a Omar. ¿Cuánto del mundo crean y expresan 4 letras combinadas?

A veces me pregunto cuándo nace una palabra. ¿Es anterior al significado? ¿Nace de los sonidos? ¿Quién las crea? ¿Valen lo mismo?  ¿a quiénes pertenecen?

Y lo que todavía no encuentra forma de nombrarse, ¿existe? Y si en vez de volverse palabra es un susurro hacia adentro, casi imperceptible, ¿dónde se sitúa su fuerza? 

¿Vestigio designa a las palabras que desenterramos y que han sobrevivido al olvido? ¿o eso es una estrategia de supervivencia y resistencia al olvido y, por qué no, a que las apresen?

Le concedo a las palabras el poder de los antiguos conjuros.  Hacer (el) tiempo. Inventar nuevas temporalidades. ¿Qué espacialidades convoca? 

Las palabras que crean magia, pero también el desorden que necesitamos para inventar otras ficciones, para empezar a derramarnos hacia esas filtraciones que hacen que comprendamos y, sobre todo, produzcamos la vida desde allí.


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