Esbozos a la hora de la siesta


El otro día una amiga me decía que había maldad en el mundo. Y me acordé de la banalidad del mal de Arendt: el mal en sí mismo, como un monstruo gigante que viene a amedrentarnos no existe. Es construido cuando no interrogamos lo que hacemos. Y es tan cotidiano como banal. Por ejemplo, nadie piensa que quienes apoyan la reapertura y regreso a la presencialidad quieren arriesgar la vida de otro ser humano. Los equipos de conducción no quieren deliberadamente enfermar a toda la comunidad educativa (aunque el impacto sería para el conjunto de la sociedad). No obstante, no tienen opción. Ejecutan una orden porque una supervisión escolar, que a su vez es amedrentada por alguien superior, así lo establece. En simultáneo, las redes y los medios nos regalan hashtags y declaraciones que, a la par que posicionan un tema como urgente y prioritario, invisibilizan otros: #Cuidarte es cuidarnos. #Nos seguimos cuidando. #PrioridadEducación. #CreátuFuturo. #EducarEsAcompañar. #SinEducaciónNoHayFuturo


¿Cuán efectivo es el slogan para situar espejismos? Vemos nuestra imagen, la primera persona, la responsabilidad individual, la ficción del individuo mirándose a sí mismo, que borra en ese gesto a su igual. La posibilidad real y material de "cuidarnos y cuidar al otre" es un elemento clave a la hora de pensar nuestra interdependencia y, sobre todo, la desigualdad capitalista. ¿Quiénes han sostenido y posibilitado el encierro o, en términos políticos, el "cuidarnos es cuidarte”? 


    La retórica hegemónica y las gramáticas neoliberalizadas vuelven a situar la desigualdad como producto de un virus -porque precisan no perder sus monopolios privilegiados-,  haciéndonos creer que nuestras desigualdades no tienen que ver con lo que, efectivamente, permitimos o hacemos en y del mundo. En el imaginario cotidiano, pareciera que estas dinámicas son inamovibles porque son operadas, si se me permite la analogía con los miedos infantiles, por algo tan enorme y tan monstruoso que creemos que nuestro poder no alcanza para combatirlo. Nos han programado para pensarnos en primera persona pese a que somos una especie inexorablemente ligada entre sí. Sin otres, no sobrevivimos. Las desigualdades, las violencias, etc, parecen estar siempre fuera de nuestro alcance. Son como ese monstruo que nos deja paralizados hasta que nos vence el sueño y volvemos a dormirnos. En la ficción moderna del individuo, los puntos rara vez se conectan. Por eso los análisis casi nunca incluyen y/o contemplan los  contextos, las condiciones desiguales, la connivencia, o la responsabilidad social, -por nombrar algunos- que acompañan a las personas y a los sucesos que describen. Hay pandemia. Hay temporales.  La naturaleza se rebela. Los individuos se desvían, en tal caso. 


     Febrero nos encuentra con urgencias y agendas impuestas que guardan la intención de, al menos en algún lugar de las perversiones que acarrean, impedir que hagamos uso de un espacio-tiempo de encuentro y de reflexión.  ¿Cómo recuperamos la posibilidad de poner sobre la mesa lo que nos urge pensar en términos humanitarios? ¿Qué propuestas podemos empezar a desplegar para recuperar la posibilidad de que las vidas diversas y plurales dejen de ser invivibles? ¿Cómo dejamos de conformarnos con subsistir? ¿De qué modo empezamos a recuperar las vidas en tiempo presente?  Tengo la sensación de que sin preguntas, no podemos empezar a desplegar propuestas acordes a los desafíos que enfrentamos. ¿Cuándo, si no ahora, es el momento de formular las preguntas claves de nuestro tiempo?  



    

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Donna Haraway: cuentos para la supervivencia terrenal.

Cuidar lo fugaz bajo el sol

Diario del duelo