El potencial perdido

Marina Garcés señala, con bastante precisión, que la práctica más antigua que compartimos como humanidad es la educación. Y es anterior, incluso, a esto que les educadores solemos situar con el advenimiento del Estado Nación, porque la mueve nuestra incapacidad de saber sobrevivir y con-vivir. La vigencia de esta afirmación en estas últimas décadas, pero, sobre todo, en esta pandemia son innegables. Si educar es una práctica que supone aprender juntes a vivir, aunque no podamos dar por sentado los aprendizajes, ¿qué priorizamos en este recomenzar?

                Las demandas del regreso a clase auguraban, por supuesto, que no se volvía a las escuelas. Y parecía que ese “no volver” era un pálpito, pero también, un capricho arbitrario, parte de un plan maléfico contra las infancias y juventudes[i], incluso cuando las infancias y juventudes siguieron, técnicamente, siendo educadas a lo largo del 2020.  El sujeto tácito parece no variar, incluso cuando nos encontremos oyendo voces a favor o en contra. Hay algo en el modo discursivo de exigir y de nombrar que nos hace parte de una comunidad pero que excluye, en el mismo movimiento, nuestra esfera subjetiva, es decir, el “yo soy” que no es otra cosa que la responsabilidad que lo singular supone en ese escenario que deviene colectivo. Me retrotrae a estos vicios del lenguaje que constatamos cotidianamente: “me saqué un 10” versus “me pusieron un tres”. Me preocupa la insistencia en reeditar mecanismos que dejan por fuera nuestra responsabilidad a la par que refuerzan anclajes y lecturas que, en vez de acercarnos para pensar juntes las preguntas claves de nuestro tiempo, nos enfrentan. ¿Qué acciones de las que creo ejercer a partir de mi libertad tienen un impacto, lo sepamos o no, en nuestras comunidades? ¿Qué preguntas necesitamos hacerle a nuestros imaginarios educativos y a nuestras instituciones?

El potencial del debate pedagógico que podríamos dar(nos) en este tiempo, se pierde entre rivalidades y explicaciones y nos obliga a retomar la conversación desde allí, eligiendo -a partir de la nostalgia por lo perdido- una forma antes que un sentido.   ¿Qué educación creemos necesaria para el mundo que legamos cada día? La pregunta sobre la vuelta a clase debería situarse en qué y cómo pensamos la educación en este tiempo, qué comunidad nos animamos a construir para qué mundo. Imaginar antes que demandar. ¿Qué mundo estamos pensando para esas infancias que defendemos? ¿Qué educación? No son preguntas que nos salven en el futuro. Son un compromiso en tiempo presente.



[i] Llama la atención cómo han sido objeto de defensa y de condena -responsabilizándolos de la segunda ola, invisibilizando el rol clave que han tenido en las tareas esenciales durante todo el 2020- de manera simultánea. 


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