De la tabula rasa a la programación emocional

 

                Gran parte del 2020 viví la insistencia de abrir las escuelas a cualquier costo como un gesto perverso, una versión moderna darwiniana del “sálvese quién pueda” pero cambiando pueda por quién tenga los recursos para hacerlo, un auténtico genocidio legitimado, mediática y hegemónicamente justificado. La resignación a la que nos acostumbramos me hiere y me repugna.

Decimos todes, repetimos y nos amparamos en “los derechos”, pero resignamos a las minorías como efectos colaterales. Le ponemos nombres que, más o menos, se emparentan con ese otro determinismo inamovible y dormimos tranquiles creyendo que no tenemos nada que ver con la perversión del mundo.  Hay gestos que educan en términos morales, éticos, políticos. ¿Qué enseñamos cada vez que nos resignamos al todes como punto de partida?  Básicamente que no tenemos nada que ver con algunas esferas y porciones de nuestro mundo, que no tenemos poder suficiente para cambiarlo, que hay cosas que conviene resignar. Que no somos iguales y que tendremos que aprender a vivir sabiendo que no valemos lo mismo. Dicho así todo junto suena mal, ¿no? Y sin embargo, lo "enseñamos" a diario.

Ensayamos como respuesta a los efectos de estas perversiones “educaciones sentimentales” para gestionar el caos y mantenerlo dentro de los límites de lo tolerable. Pero es, sin lugar a dudas, un modo más actualizado de colonizarnos. ¿O creemos que esta domesticación de nuestras sensibilidades permite gestar propuestas estéticas, políticas, poéticas que ensanchen el mundo y el modo de construir, valorar y recuperar las experiencias de nuestro tiempo compartido?

Recuperar al sujeto político

El rechazo generalizado y la eventual apertura me hicieron sentir que hay una porción de adaptación que fuimos construyendo de manera silenciosa; por lo bajo, un aprendizaje históricamente padecido: hay espacios que no se pueden ocupar, hay decisiones que no se pueden tomar, hay un residuo con el que lidiar y una porción de lo que implica asumirnos como sujetos políticos que no se traspasa. La emancipación está bien como imaginario, como práctica fronteriza, como intencionalidad política, ¿qué supondría pensarla como dispositivo educativo?


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