Que las palabras sean puentes que abran márgenes

 


desenvolver las palabras que dicen afecto de mil maneras, elegir
las propias y trabajar el texto hasta que su versión original -que
viajó en la literalidad de la basta geografía- sea un borrador al cual
es menester ver arder.


"Cómo invocar contacto" de Lu Azahar

 

Palabras que desensordecen el mandato de mutilar nuestros oídos, porque hay que volver a oír el río cuando arremete con furia y también cuando reposa y se estanca.

Palabras desfosilizadas que recorren las infinitas trayectorias de vida en las piedras y en los árboles y que nos cuentan las historias de nuestra tierra que es un modo de saber quienes somos.

Palabras que desencriptan la lengua de lo prohibido y se vuelven plurales invocando el saber de los antiguos conjuros.

Palabras generosas y desgenerizadas para que lo provisorio y cambiante encuentre modos de nombrar esto que potencialmente también somos.

Palabras perezosas, pausadas, impropias y desprovistas de toda propiedad, como un gesto vital para recuperar eso que viene de antes pero se trama con otres en presente.

Palabras anormalizadas, anómalas, irregulares, deformes, malformadas y monstruosas que no conozcan el exilio ni el exterminio porque defiende desde la guturalidad de nuestras gargantas y de nuestros genitales, la búsqueda incesante  por compartir la experiencia del mundo.

Hablamos esta lengua o cualquier otra porque precisamos seguir existiendo. Y existir es, a contramarcha de las perversiones discursivas de nuestra época, un acto plural.

 

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